Autor
David
Cuerpo

El hecho de frenar el acelerado ritmo que exige el trabajo no es tan malo después de todo. Ahora que el tiempo se puede administrar de mejor manera pude hacer algo que por distintas circunstancias se me había negado. Debo confesarles que pasé inconmensurables noches yéndome a la cama sin cenar, tratando de engañar a mi cuerpo y a mi mente de que existía en mí la sensación de saciedad.

Ni uno ni otro son tontos, no se dejan envolver con trucos infantiles; mucho menos la mente. Esa es la primera en oponer resistencia al amaño porque para convencerla de ceder hay que negociar en una conversación interna que no se resuelve en pocos minutos. Y llegar a un buen acuerdo necesita de la presencia del insomnio como aquél que dé fe de la legalidad; algo así como firmar acuerdos ante el notario público.

No sé ustedes pero yo soy de las personas que no se llena con un simple bocado y no le temo a las advertencias que puedan hacerme sobre si cenar demasiado deriva en pasar una tormentosa noche asediado por pesadillas. Para mí sólo hay dos posibles caminos: parar hasta que los ojos se cierren -víctimas del cansancio- o llegar a la saciedad.

Los expertos recomiendan nutrir al cuerpo y a la mente a base de una alimentación equilibrada, rica en mucho y pobre en nada. Por eso es importante elegir correctamente aquello que vayamos a ingerir, pues soy fiel creyente de que somos lo que comemos. Es difícil aceptar que en México seamos un país de gente que se hace engordar consumiendo verdadera chatarra por encima de nutritivos, suculentos y tradicionales platillos disponibles en un basto catálogo para elegir. Supongo que se debe al pobre y limitado conocimiento de las propiedades y beneficios que podemos sacar de ellos.

Por eso, cada que el sol se esconde y las estrellas dibujan su silueta en el firmamento me convierto en un adicto a la sopa de letras. Sí, lo confieso: no puedo resistirme a la tentación de probar un poco, al mínimo contacto mis sentidos se agudizan y dan rienda suelta para que mis emociones se sumerjan en un mar de experiencias inefables. Un letargo excepcional donde siento que el tiempo se detiene, mi pulso se relaja y el corazón bombea en cámara lenta. El episodio perfecto para explicar la separación del cuerpo y de la mente, expulsados el uno del otro sintiendo la caricia del viento que se convierte en el guía de una expedición flotante por universos y galaxias distantes: el descubrimiento de otros mundos.

Sí, eso y más me provoca la sopa de letras, preparación culinaria que me sirvo cada noche en extraños recipientes, que van desde los tradicionales hechos de pasta, forrados de tela para proteger sus páginas del paso del tiempo hasta los actuales; instrumentos más sofisticados y rectangulares que emiten luz y a los que se les pueden configurar el tamaño, brillo y posición del contenido.

Al igual que yo, deseo que pruebes la sopa de letras y descubras cómo en cada bocado se transforma, pues pasa de letras a palabras, de palabras a renglones, de renglones a párrafos, de párrafos a capítulos, de capítulos a historias, de historias a conocimiento y de conocimiento a temas de conversación. ¡Ah! Y para ti, discapacitado con título que sufres al querer expresar una idea concreta en pocas líneas: también ayuda a mejorar tu redacción.

Bueno, eso digo yo.

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