Autor
Mosa
Cuerpo

Confieso que no pude evitarlo, hice lo contrario solo respeté el no empujar. Martes 19 de septiembre 2017, otra vez el temblor me tomó  acostado, como aquel sismo de 1985.  Relajado a las 13:14 pasado meridiano,  dándole un repaso  a mis problemas existenciales de los cuarentas y la cuenta regresiva  de la vida y  todo comenzó a moverse; exactamente igual que hace 32 años, en 1985  también acostado aquella mañana y meditando sobre las posibilidades que veía en la vida para llegar a ser lo que mi madre deseaba: “estudia para que tengas un buen trabajo”

Aquella mañana del jueves  19 de septiembre  de 1985 contemplé en silenció y viví la sensación del monstruo que devoraba la ciudad: la delegación política  donde  residía y mi colonia, aún más cerca de mí: la pared de mi casa,  y no corrí, tampoco grité, nunca empuje a nadie. Solo sabía muy dentro de mí que la puñalada había interesado órganos vitales  de nuestro  México.

La vida después del sismo del 85 fue otra,  miedo a caminar por la calle;  lágrimas columpiando en los parpados al menor movimiento; los nervios en la punta de los dedos; la garganta dispuesta a anunciar el peligro y siempre con el salvoconducto directo al creador: el padre nuestro recio y quedito para solicitar clemencia. Las semanas siguientes fueron un caos: sin agua, luz, transporte, telefonía dañada; hospitales, escuelas, unidades habitacionales colapsadas etc. Me di cuenta que no había sido solo una puñalada a nuestro México, fueron varias y de muerte.

19 de septiembre del 2017 a las 13:14 levanté mi pesado cuerpo de la cama y lo primero fue buscar a  mi hija, gritarle que no corriera; que se alejara de la pared y de la pesada cornisa, clásica en los garajes de nuestro país;  después ya no supe que hacer solo esperaba que la vieja casa se viniera abajo, todo se me nublo y olvidó: el triángulo de la vida; la mochila de supervivencia; los documentos a la mano;  el no corro y no grito, lo único que  trataba de  alcanzar era la zona de supuesta  seguridad y digo supuesta debido a que, en caso de derrumbe seriamos aplastados seguramente por los dos flancos.  

 Lo anterior gracias a la inconsciente costumbre de construir cuarto sobre cuarto, sin inspección, mucho menos gobierno en la construcción.

Otra vez la impotencia para detener a la madre naturaleza; de gritar con dolor, de hablarle al vecino al que nunca saludamos; llorar por el extraño y cuidarle a sus hijos; de buscar paredes y cimientos tirados;  de gritar al cielo:  ¡Detengan la tierra por favor, mi casa y mi país no resistirán!

 

            

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